HAMBRE EMOCIONAL: FACTOR
SILENCIOSO
QUE INFLUYE EN EL AUMENTO DE
PESO
La
forma en la que las personas se relacionan con la comida no siempre responde a
una necesidad fisiológica. En muchos casos, las emociones juegan un papel determinante
en los hábitos alimenticios, dando paso a lo que especialistas identifican como
hambre emocional, un fenómeno que puede impactar el bienestar físico y mental
si no se reconoce y atiende de manera oportuna.
Al
respecto, la doctora Carmen Celeste, Gerente Médico de Obesidad en Merck
México, explica que “el hambre emocional ocurre cuando se utiliza la comida
como una respuesta a emociones como estrés, ansiedad, tristeza o incluso
aburrimiento. A diferencia del hambre fisiológica, que aparece gradualmente y
se satisface con alimentos variados, el hambre emocional suele ser repentina y
se asocia con el consumo impulsivo de alimentos específicos, generalmente altos
en azúcar o grasas”.
Este
comportamiento puede parecer ocasional; sin embargo, cuando se vuelve
recurrente, puede influir en el aumento de peso y en el desarrollo de obesidad,
una enfermedad crónica que actualmente representa uno de los principales retos
de salud pública en México.
De
acuerdo con la Federación Mundial de Obesidad, en 2022 México ocupó el quinto
lugar mundial en prevalencia de esta condición y se estima que, para 2030,
aproximadamente el 36.8% de la población adulta podría vivir con obesidad, lo
que equivale a más de 35 millones de personas.
La
especialista señala que “la obesidad es una enfermedad multifactorial en la que
intervienen aspectos biológicos, conductuales, sociales y emocionales.
Reconocer la relación entre las emociones y la alimentación es un paso
importante para lograr un manejo integral de la enfermedad”.
Identificar
el hambre emocional puede ayudar a prevenir patrones que afecten la salud.
Algunos signos que pueden alertar sobre su presencia incluyen:
Comer en respuesta a estados emocionales y
no a señales físicas de hambre.
Sentir antojos específicos y urgentes,
principalmente por alimentos altos en calorías.
Experimentar sensación de culpa o malestar
después de comer.
Dificultad para reconocer señales de
saciedad.
Frente
a este panorama, la doctora Celeste destaca que el manejo del hambre emocional
requiere estrategias que vayan más allá de cambios en la alimentación y
actividad física. Algunas recomendaciones incluyen:
Reconocer
las señales del cuerpo y las emociones: Identificar si el deseo de comer
responde a hambre física o a una emoción puede ayudar a tomar decisiones más
conscientes. Estrategias como registrar emociones o hábitos alimenticios pueden
facilitar este reconocimiento.
Incorporar
hábitos que favorezcan el bienestar emocional: Actividades como ejercicio,
descanso adecuado, técnicas de relajación o espacios de esparcimiento pueden
contribuir al manejo del estrés y reducir la relación entre emociones y
alimentación.
Buscar
acompañamiento profesional: El abordaje del hambre emocional puede requerir
atención multidisciplinaria. La participación de médicos, nutriólogos y
especialistas en salud mental permite diseñar estrategias personalizadas que
atiendan tanto los factores físicos como emocionales.
“El
tratamiento del sobrepeso y la obesidad requiere comprender que no sólo se
trata de alimentación o actividad física, sino de un proceso integral que
considera la salud emocional y conductual de las personas”, concluye la doctora
Celeste.
Promover
mayor información sobre el hambre emocional y su impacto en la salud puede
contribuir a que más personas identifiquen esta conducta y busquen
acompañamiento oportuno, favoreciendo un mejor control del peso corporal y un
bienestar integral.

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